CIBERPSIQUE — ¿Qué ha de pasar por la cabeza de un director de cine para decidir rodar un largometraje sobre un personaje como Aleister Crowley?

C.A: Consideraciones morales aparte, creo que a nadie se le ocurriría discutir que Crowley es un personaje apasionante. A lo largo de su vida batalla contra el puritanismo victoriano, escala montañas del Himalaya, se autoedita su propia obra literaria —ingente—, construye y desmenuza organizaciones ocultistas… Sobrevive a dos guerras mundiales, a décadas de adicción a la heroína y a miles de relaciones sexuales… Consigue ser el hombre más despreciado por sus propios compatriotas, protagoniza un juicio famoso, finge su propia muerte y se convierte en el mago por antonomasia del siglo XX. Y esto es sólo una ínfima parte de su biografía. La verdad es que no me extraña que Crowley haya estado en el punto de mira de tantos cineastas. Sin embargo, parece resistirse desde el más allá a que su vida sea llevada a la pantalla. Europa ha disfrutado los últimos trescientos años de grandes removedores de conciencias, entre los que podemos contar a Nietzsche o Debord, por ejemplo. Personas a las que ha sido imposible cerrar la boca. Pero de entre ellos creo que destacan dos por encima de los demás, si atendemos no sólo a su obra, sino también a su biografía: el Marqués de Sade y Aleister Crowley. Al Marqués lo han manoseado mucho últimamente: lo han puesto de moda, tergiversando su pensamiento, banalizándolo, mercantilizándolo. Nos han servido Sade en Tetra-Brik®. Sirva como lamentable ejemplo la película Quills, que convertía a Sade en un bobo romanticón. Es el camino para hacerlo digerible y comercializable para el gran público, pasteurizándolo. Supongo que en breve alguien editará Justine o los infortunios de la virtud en versión infantil para críos. Pero Crowley sigue siendo indigerible para la mayoría: ha aguantado mejor —hasta ahora— el «paso del rodillo». Sus propuestas no son originales, pero creo que su heterodoxia merece ser reivindicada —aunque sólo sea como revulsivo—, sobre todo desde esa caída de Sade a los coleccionables de los domingos.
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CIBERPSIQUE — ¿Rodar Perdurabo te ha influido de alguna forma en tu vida personal? ¿O ya estabas influido para rodar Perdurabo?
C.A: Cuando decidí emprender el alocado proyecto de hacer una película sobre Crowley, sin un chavo además, como acostumbro, era consciente de que me enfrentaba a un reto de implicaciones imprevisibles. Ya sé que en todos los «making-off» de las películas que venden en DVD es norma que técnicos y actores presuman siempre de haber afrontado un reto. Pero yo lo estoy diciendo en serio. Crowley es un personaje gigantesco, con una vida y obra descomunales. Todo eso es muy difícil de aprehender, y resolví atacar por los flancos, rodando a trocitos. Filmar los primeros cuarenta minutos, y en condiciones tan precarias, fue muy duro, y los que participaron guardan un recuerdo acaso imborrable, aunque no muy grato. En este sentido sí me influyó, porque una experiencia de este calado siempre influye, de manera un tanto inexpresable, quizá. También he tenido que leer mucho acerca de magia, de Tarot, de ocultismo… Ya lo había hecho antes, con espíritu lúdico, pero hacerlo con un fin —en este caso realizar una película— obliga a concentarse y sistematizar más los conocimientos. Seguro que todas esas lecturas me han influido también. Somos lo que comemos, tanto en sentido literal como metafórico.
CIBERPSIQUE — Crowley era una encarnación del mal en estado puro, o algo parecido… ¿Te interesa más el mal o el bien?
C.A: Me cuesta creer en un Bien y un Mal absolutos. El otro día estaba leyendo La Muerte del Rey Arturo. Hay un momento en el que Lanzarote se retira de un torneo amistoso, dejando a su escudero muerto en el suelo. El narrador refiere estos hechos con toda la naturalidad del mundo, dando por supuesto que en las justas amistosas muere gente. Los aztecas ofrecían sacrificios humanos a los dioses, porque consideraban que eso reportaría beneficios a la comunidad. Son actos bárbaros que repugnan a nuestra mentalidad actual, pero que vienen a demostrar que es la sociedad la que marca en cada momento dónde se haya la línea divisoria entre el Bien y el Mal. Por supuesto que no abogo por ir degollando ancianas por la calle, luego apruebo que la sociedad imponga límites que garanticen su supervivencia. Pero el emplazamiento exacto de esos límites es siempre arbitrario, está permanentemente sujeto a discusión y varía con el tiempo y en el espacio. Sólo hace falta cruzar un par de fronteras en cualquier dirección para comprobar cuán relativo es esto. Ni siquiera hace falta moverse del sitio: convoquemos al azar a una docena de vecinos de un bloque de pisos y veamos cómo disponen cada uno de ellos, en el tablero del Bien y del Mal, cuestiones tales como el aborto, la eutanasia, la pena de muerte o la negociación con terroristas. ¿Crees que se pondrán de acuerdo?... Me parece a mí que tal y como están las cosas, sólo se puede afirmar la existencia de un Bien y un Mal absolutos desde una posición fundamentalista. Yo sólo puedo hablar de lo que a mí me parece bien o mal. Siempre tomaré partido, claro, por lo que a mí me parezca bien. Pero no puede interesarme, «en sí mismo» uno más que el otro, como si fueran substancias con peso y viscosidad específicas. Sustantivizar el Bien o el Mal funciona si quieres hacer una película de terror al estilo de las de Jaume Balagueró. Pero para mí son adjetivos. A lo sumo me interesará el conflicto que se establezca entre ambos. Y cuando este conflicto se da en el interior de una sola persona, hete aquí que surge un personaje interesante, como Crowley. Crowley no era una hermanita de la caridad, pero tampoco el Mal en estado puro. Esto es sólo lo que decían de él. Además, fíjate que paradoja más descabellada: que Crowley fuera considerado «El Hombre Más Perverso del Mundo» durante la primera mitad del siglo XX. Francamente, tratándose del siglo XX, ¿no acudirían a nuestra memoria, ipso facto, sin esfuerzo alguno, el nombre de tres o cuatro personajes perversos de verdad con sólo rememorar las décadas de los años treinta y cuarenta?... ¡Pero por favor!, es que mientras los nazis demolían Varsovia con la población dentro de sus casas, Crowley estaría armando un escándalo en un restaurante de Londres para no pagar la cuenta. ¿Quién es el malvado aquí?
CIBERPSIQUE — Un día elegiste Aleister Crowley para rodar tu película. Si tuvieras que configurar un podium para hacer tres largos con personajes históricos revolucionarios de la mente o del pensamiento, ¿cómo quedaría?
C.A: No puedo contestar a tu pregunta con nombres propios. De hacerlo mentiría, porque desde luego tengo mi pequeña lista particular, y voy a cuidarme mucho de que alguien pueda apropiársela. Aunque las ideas estén en el aire, no hay que ponérselo aún más fácil a los vampiros psíquicos que nos rondan. No obstante, puedo darte una clave al respecto. Los grandes personajes de la Historia están ya puestos del derecho y del revés. Mil actores han interpretado a Jesucristo, a Julio César, a Cleopatra y a Kennedy. La gracia está en mirar detrás pero cerca de ellos. Así hacen los astrónomos cuando una estrella muy brillante les oculta con su resplandor otras próximas a ésta, pero de brillo más tenue. Aprovechan un eclipse, o se las ingenian para interceptar la luz de la estrella más potente. Entonces decubren cosas insospechadas. La Historia es una cantera interminable de personajes extraordinarios que se hallan a la sombra de los pesos pesados. No miremos al que gana las batallas, sino al que las pierde. No al científico que gana el Nóbel, sino a aquél a quien ha robado sus ideas. No al que protagoniza las gestas, sino al que ha hecho el trabajo sucio. Tú me dirás ahora, bueno esos son los perdedores. En cierto sentido sí, pero ¿quién no lo es?... Y estos perdedores pequeños, semi-anónimos, olvidados en las cunetas del gran curso de la Historia, guardan aún grandes tesoros para el cine, la literatura y la Humanidad en general. ¿Acaso no fue un gran hallazgo artístico descubrir a Salieri detrás de Mozart? Estos son los personajes que realmente me interesan para hacer una película. ¡Y los hay a patadas!
CIBERPSIQUE — El arte, con el conocimiento, la espiritualidad, el esoterismo, el exoterismo, la búsqueda… ¿tienen para ti algún punto de conexión?
C.A: Los alquimistas —los de verdad, no los que han pasado a la Historia como «sopladores»— llamaban La Gran Obra a la consecución de sus fines, y consideraban su búsqueda como la realización de un Arte Sagrado. No hay autor sensato que pueda creerse amo y señor absoluto de su proceso creativo. Quien sí se lo crea ha sido abducido por el más necio de los orgullos. «Vanidad de vanidades», reza el Eclesiastés. Ni siquiera somos dueños de nuestros gustos. ¿De dónde nos vienen las ideas?... Esta pregunta precisa, por parte de quien aspire a darle respuesta, de una buena búsqueda interior. En esencia, el artista es un buscador, así como también lo es el hombre de ciencia y el místico. En la antigüedad estas tres facetas no estaban disociadas. De esa unión surgió la escuela pitagórica, las catedrales góticas y el Renacimiento. Hoy no puedes dártelas de «renacentista» sin ser acusado de diletante. Pero qué más da. Sí, pienso que todos esos términos que has planteado están íntimamente relacionados, porque en todos ellos el sujeto se enfrenta al misterio. Son diferentes vías de aprehender lo incomunicable.
CIBERPSIQUE — ¿Te interesa el Tarot?... ¿Por qué?
C.A: El Tarot fascina a mis ojos en igual medida que los grabados alquímicos del siglo XVII. Eso de entrada. Es una fascinación visual, inmediata. Ojo, que estoy hablando de las barajas antiguas: la de Marsella, la de Visconti-Sforza… No de cualquier Tarot. Estos inventos que sacan ahora, tipo «el Tarot de La Guerra de las Galaxias» —no sé si éste en concreto existe, pero bien podría ser— no me seducen para nada. Por supuesto, sí encuentro admirable la restauración del Tarot de Marsella que han llevado a cabo Alejandro Jodorowsky y Philippe Camoin. El suyo es un trabajo riguroso y útil. Pero aparte de esa fascinación de la que he hablado, existe también una curiosidad sincera por su eficacia. No concebido como oráculo, sino más bien en el sentido expuesto por Jung: el Tarot como espejo del inconsciente. La verdad es que su estudio es muy estimulante, y si se hace con un poco de inquietud, ayuda a la reflexión, descubre recovecos sorprendentes y evidencia conexiones provechosas. Otros preferirán leer la prensa deportiva, no digo que no. Allá cada cual con sus aficiones. Pero reconozco que en esto del Tarot, apenas soy un aprendiz de pinche.
CIBERPSIQUE — ¿Utilizas algún Tarot en concreto?
C.A: Este verano, a los pies del castillo de Foix, en el corazón del país cátaro, pude hacerme con una baraja del Tarot de Marsella restaurado por Jodorowsky y Camoin. Es el que tengo en más aprecio. No sólo por lo que representa, sino también por lo que me costó encontrarlo. En Barcelona estaba agotado. Conservo por ahí otro de Marsella pero que ya no toco desde que conseguí la versión restaurada. Y en algún sitio guardo el Tarot de Crowley, pero confieso que no lo he desempolvado mucho. Verdaderamente, me gustaría tener una buena colección de barajas distintas, y procuro ir reuniéndolas poco a poco.
CIBERPSIQUE — ¿Pasado, presente o futuro?
C.A: La mecánica cuántica desmanteló el Determinismo, demostrando que existe un grado de indeterminación intrínseco en la naturaleza. Cuando se enteró, a Einstein le cogió una rabieta y exclamó aquello de que «Dios no juega a los dados». Alguien llegará algún día que levante la camisa de los cuánticos, pero por el momento todo parece indicar que el futuro no está escrito y que por tanto no es predecible. A mí, sin embargo, me encanta pensar que sí, quizá sólo por llevar la contraria. Me gusta pensar que el futuro está ahí, en algún sitio, desde siempre. Y que el pasado también. Que ambos coexisten, y que es nuestra miopía la que nos impide verlo. Y es que después resulta que, pese a todo, el mundo entero está intentando adivinar el futuro: los tarotistas, los agentes de bolsa, los meteorólogos, los comentaristas deportivos… Es una aspiración muy humana. Nuestra mente guarda mucha documentación bajo llave, pendiente de desclasificación. CIBERPSIQUE — ¿Crees en los visionarios?
C.A: Menos que en las visiones. Fíjate en Krishnamurti, que de mozo andaba diciendo que no era de recibo seguir a gurús, y luego él mismo se erigió en tal. Me interesan los visionarios siempre y cuando se limiten a mostrarme sus visiones, y no intenten convencerme de nada. Entre otras cosas porque soy muy refractario a las «convicciones». Me parece genial la frase con la que Leonora Carrington comienza su novela La trompeta acústica: no la recuerdo textualmente, pero viene a decir algo así como «he cumplido setenta años y aún no he entendido nada». A mí me pasa un poco lo mismo. Entiendo poco de lo que ocurre y todo me parece muy dudoso. Vaya, que prefiero a un visionario que pinte que a uno que funde una iglesia. Los segundos me inspiran gran recelo. Los primeros, los artistas visionarios, hacen que la vida sea mejor: sería mucho más duro saltar del catre por la mañana si nunca hubieran existido los grandes visionarios de la pintura, del cómic, del cine, de la literatura... Voy a reprimir el impulso de transcribir aquí y ahora la lista interminable de sujetos de todas las épocas que me han hecho levitar, haciéndome partícipe de sus delirios. Además, cada cual tendrá su propia e intransferible lista. La deuda con esos locos es impagable. ¿Cómo no creer en ellos?... han impedido que el mundo se consuma en la podredumbre.
CIBERPSIQUE — ¿Te interesa algún camino de búsqueda del conocimiento o de la espiritualidad (o como lo queramos llamar) en especial?
C.A: La curiosidad me tiraniza. Me he acercado —y sigo acercándome— a las fuentes más variopintas. He acumulado gran dispersión de conocimientos, la mayoría de ellos perfectamente inútiles, seguro. Te puedes pasar la vida buscando y al final descubrir que no sabes ni qué buscabas, como le ocurrió a Ouspensky. A mí me gusta leer sobre casi todo. Sin embargo parece ser que tengo una limitación: en todo esto del esoterismo y lo espiritual, a lo que haces referencia, tengo predilección por las tradiciones occidentales —ya sean exotéricas o, sobre todo, esotéricas, ya sean cristianas, heréticas, hebreas, paganas o islámicas—… y un cierto desapego por lo oriental. Me aburre un poquito el Confucionismo y el Tao. Comparto con el Zen el gusto por el tiro con arco y los jardines de arena, pero poco más. Además, soy incapaz de sentarme en la «posición del loto», se me descoyunta el coxis y me dan calambres. A mí esta ausencia de conflicto, esta serenidad tan china, tan budista, se me hace sosa, aunque la respeto y comprendo que haya personas que se reconforten con ella. Supongo que padezco de «occidentalitis». De haber nacido en el siglo XII, te respondería que lo mío era buscar el Grial. En aquella época las cosas estaban más claras. Hoy tengo que decirte que aún busco qué buscar. No estoy afiliado a ninguna logia ni practico la ascesis. Me muevo muy intuitivamente y aspiro a alcanzar cierta sabiduría en la vejez viruela.
CIBERPSIQUE — ¿Qué te sugiere el término Ciberpsique? ¿O qué te sugirió cuando lo escuchaste o viste?

C.A: Pues la palabrita actuó en mí como un silbato ultrasónico de esos que usan para llamar a los perros. Mira cuántas coincidencias: antes de tener noticia de Ciberpsique, mi página web ya se titulaba igual, pero con otras palabras: Mind —Mente— on-line. En la revista Axxón, una gran web de ciencia-ficción, publiqué un par de artículos cortos sobre una elucubración que me rondaba por la cabeza: la posibilidad de que Internet acabase teniendo, por generación espontánea, conciencia de sí misma, convirtiéndose en una especie de Gran Ciberpsique. En una novela-ensayo que no he publicado —y que espero publicar algún día— titulado Combustión Espontánea de un Jurado, hablo de un ente autónomo, consciente, que se mueve por la Red recopilando datos y creciendo como un tumor, cada vez más inteligente. Y en FAQ, el largometraje que acabo de terminar, aparece una Internet alternativa, futurista, llamada Red Celeste, donde van a parar las configuraciones neuronales de personas muertas —o no muertas aún—, resultando ese ciberespacio en una suerte de ultratumba artificial. Ya ves que el término Ciberpsique no podía pasarme desapercibido. Sé que tú le asocias, quizá, significados más «esotéricos». Sin renunciar a esta posibilidad, a mí la cibernética siempre me ha llamado la atención. La simulación del comportamiento humano, o animal, por parte de las máquinas. Los autómatas de feria, el test de Turing, HAL-9000, Roy Baty. Si la mente es un proceso, se puede reproducir aparte, fuera de nosotros. Me parece divertido, y razonable, contemplarlo como la cima más alta a alcanzar por el intelecto humano —con permiso de las conquistas ecológicas y sociales—, una Gran Obra que no tiene nada que ver con la alquímica: la mente humana creando otra mente. ¿Puedes imaginar algo más osado, y definitivo que eso?... Cuando lo consigamos podremos echarnos a dormir una buena siesta.
CIBERPSIQUE —Carlos Atanes, un placer leerte. Muchas gracias por tu tiempo y por tu forma de ver las cosas. Te deseamos lo mejor para tus futuros proyectos!
C.A: Gracias a ti Manuel. Ha sido un placer visitar tu pabellón ciberpsiquiátrico.
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www.carlosatanes.com